Un laboratorio de inteligencia deportiva mide, antes del pitazo, la zona por donde cada selección tenderá a quebrar el juego hacia el arco. Certificado sellado, verificado después contra FIFA.
La pirámide ordena el juego en capas: de la estructura del equipo hasta el instante en que la tensión se rompe hacia el arco. No contamos goles — contamos rupturas hacia el gol, porque antes del gol hay un arquero que ataja, un offside, un tiro al poste, un disparo fuera. El gol es solo uno de los desenlaces posibles de una ruptura.
Cada selección se caracteriza por cómo genera peligro: sus jugadores, sus rutas de conducción, sus bandas de ataque preferidas.
El teorema proyecta la zona crítica del campo donde ese equipo tiende a romper — antes de que se juegue el partido.
Durante el partido, medimos cada acción peligrosa: ¿nació en la zona proyectada? Cuenta la ruptura, no si terminó en gol.
Gol, atajada, poste, offside o disparo fuera son desenlaces. El arquero, el travesaño y el árbitro son factores que no cambian dónde se rompió la tensión.
De todas las acciones peligrosas del partido — goles y ocasiones claras — qué proporción nació en la zona crítica que el teorema marcó antes del pitazo. En octavos: 84.0% frente al 33% que acertaría el azar.
De los goles de juego, cuántos siguieron una de las rutas de conducción del catálogo prepartido. Es una métrica exigente: cae cuando cambian los ejecutores por lesiones o sustituciones, y sube cuando los protagonistas previstos son los que definen.